
Cuando la fotografía pierde una de sus funciones históricas, la de preservar el pasado y se convierte en herramienta social para enseñar el presente, Frozen (congelado), propone una reflexión sobre lo que hemos tenido, lo que hemos soñado, lo que hemos perdido y lo que podemos conservar o rescatar de nuestros ideales y nuestras relaciones humanas.
A principios de los años ochenta, recibí de Kodak muestras de una nueva película, desarrollada específicamente para fines técnicos y científicos. Realicé varios experimentos y la definición de imagen era la mejor que había visto jamás, pero el contraste era exagerado e incluso con procesos ultra compensadores, no conseguí la riqueza tonal que buscaba. Años más tarde, Kodak desarrolló un revelador específico para aplicaciones pictóricas con esta película. Probarlo puso un fin a mis experimentos químicos. Todo lo que yo había buscado siempre en nitidez y riqueza tonal estaba allí.
Probablemente, los científicos de Kodak habían desarrollado su revelador dentro de las mismas bases que yo había estado probando. Fenidona como único agente revelador, sulfito de sodio como antioxidante y Benzotriazol como agente anti‐fog, pero sus resultados fueron mejores que los míos. Aquello fue un marco en mi relación con la fotografía y me hizo repensar que buscaba en ella, más allá de la técnica y la ciencia.
Cuando Kodak dejó de fabricar esta película, compré todos los rollos y placas disponibles en las tiendas de Barcelona. Sabiendo que a -20 grados Celsius el envejecimiento de las emulsiones fotográficas en blanco y negro se detiene, las guardé en el congelador, como una reliquia a la espera de una ocasión especial.
Aunque las cámaras fotográficas de película seguirán existiendo, decidí construir yo mismo una cámara con la cual utilizar estas películas, como metáfora del empeño por preservar o rescatar aquello que apreciamos.
Una década había pasado cuando mi amigo, Manoel Morgado y yo decidimos vivir el antiguo sueño de una travesía invernal en el Himalaya, caminando sobre el río Zanzkar congelado. En enero, el lecho de este río se congela, convirtiéndolo en la ruta invernal utilizada por los Zanzkaris desde hace siglos. Era hora de descongelar película, descongelar el viejo sueño y casi congelarnos a treinta grados bajo cero dentro de un estrecho y sombrío cañón del Himalaya. La película estaba intacta, el sueño seguía vigente, la amistad viva.
Pero en realidad, la primera vez que saqué mi reliquia del congelador fue cuando mi amigo Pepe Font de Mora y yo, hicimos juntos una travesía en bicicleta por el Sáhara. Era el año 2008, Pepe y yo llevábamos una década sin vernos, sin embargo nuestra amistad seguía viva y aquel viejo sueño más grande que nunca, pero la única fotografía que hice en aquel viaje fue sobre el fracaso de un sueño.
En 1988, en mi gran travesía del Sáhara, había conocido a un joven nigeriano en su camino a Europa. Lo poco que llevaba eran los ahorros de su familia, invertidos en el sueño de que él tuviera una vida más digna y pudiera un día ayudar a los suyos. Veinte años más tarde, un diminuto punto claro en la arena nos llamó la atención y nos desviamos de nuestra línea recta, trazada a brújula. Un cuerpo humano en estado parcial de putrefacción yacía eternamente en medio a tanto vacío. Alrededor suyo no había una mochila, un bolso, una simple botella con agua... apenas un par de zapatos dejados pocos metros atrás. Lo último de lo que se había despojado. Me invadió un profundo sentimiento de tristeza, al pensar que ante la falta de noticias, alguien estaría reluchando entre el sentimiento de haber sido olvidado o el de haber perdido a un ser querido.
Que afortunados somos, que cosas e incluso sueños o amistades puedan paralizarse en el tiempo y volver a rescatarse. Pero que pequeños somos, al saber que la vida no se puede congelar. Quizá, por ello algunos pretendan tanto “congelar el momento”, como se suele decir en fotografía. Yo no he tenido jamás esta expectativa.

Frozen nº 1. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 2. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 3. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 4. Platinum sobre papel de agodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 5. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 6. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 7. Platinum sobre papel de agodón - 80 x 54 cm.

Frozen nº 8. Platinum sobre papel de algodón - 80 x 45 cm.

Frozen nº 9. Platinum sobre papel de agodón - 80 x 54 cm.
Frozen. Video 2 min.
Emptiness. Fotografía en gelatina de plata sobre papel baritado y arena del Sáhara en caja de madera. 60 x 28 cm.



